lunes, 30 de abril de 2012

Pablo Buffarini al 1100: Encuentro con un histórico de Alem

Hace 13 años Alem se mudó. La calle Pablo Buffarini surca por el  medio a la antigua “Leonera”. Un eximio jugador cuyo nombre se estampó en los carteles de las esquinas para quedar inmortalizado, tal como supo hacerlo en la retina de quienes ocupaban las tribunas que hoy reemplazan los hogares.

La cancha ya no está. Ni arcos, ni tribunas. Mucho menos césped. No hay rastros de la vieja “Leonera”. Apenas una placa descansa sobre un monolito en el lugar donde antes había un banderín de córner.
Desde marzo del 99, la línea de cal que dividía la cancha en dos partes iguales, se convirtió en una calle de tierra que separa dos manzanas de casas humildes. Pero alguien sigue ahí, inmortalizado. Está en el ambiente. Entre los pibes que juegan a la pelota descalzos, en la vereda. Muchos de los cuales le habrán preguntado a sus viejos quién fue ese del nombre que apenas se lee en los carteles despintados de las esquinas, Pablo Buffarini.
Para aquellos vecinos que pintan canas y con ojos llenos de fútbol, basta detenerse en la cortada del barrio Residencial América en Villa Nueva para imaginarlo al flaco. Parado en el centro del campo de juego. Caminando la cancha como siempre. O todavía de fiesta por los títulos del 66 y 68 con la camiseta tricolor.
Un nombre que por casualidad o causalidad, hizo que las canchas de Leandro N. Alem siempre sean parte suyo. Como cuando llegó a Villa Nueva, desde Rosario. Después de deambular unos años y finalmente encontrar su lugar en el fútbol, se instaló en la calle Comercio al 823, junto con Norma, por entonces su reciente esposa. En ese mismo lugar, Alem había tenido su primera “Leonera”.

El Rosarino villanovense oriundo de Pascanas

Norma, reviviendo el pasado con recortes de diarios
Norma Grosso saca un papel amarillento de entre tantos en una bolsa y empieza a leer: ´Su estilo lo distinguió como un jugador distinto, de los que aparecen una vez cada tanto. Y fueron los simpatizantes de Alem los que tuvieron la fortuna de tenerlo. Mucho más los que gozaban de su fútbol creativo y sus goles espectaculares…´. La voz se le entrecorta. Los ojos se le llenan de lágrimas. Respira hondo y concluye: ´Ayer Pablo Buffarini dejó este suelo y se llevó su fútbol al cielo´. Siente como si ese ayer fuera el de hace 24 horas, y no 14 años. Por eso sus recuerdos son tan precisos. “Llegó a Villa Nueva con 18 años, para todo el mundo era el Rosarino, porque vivió unos años allá y tenía una pequeña tonada, pero era de Pascanas. Cuando nos pusimos de novios, el ya jugaba en Alem, pero antes había jugado en Rivadavia, nunca me dijo porque arrancó ahí. En el 69 nos casamos. Este año cumpliríamos 42 años de casados. Se me fue muy joven, el 12 de febrero del 98 con 56 años. Un cáncer de estómago lo terminó en 2 meses”, recuerda quien fuera su fiel compañera.
Un año después del fallecimiento, Alem debió mudarse para que su “Leonera”, otra vez,  cobre forma de manzanas. Pero una carta sorprendió a Norma. El Concejo Deliberante le comunicó que de forma unánime se había dictaminado que la cortada que se trazó exactamente por la mitad del campo de juego, llevaría el nombre de su esposo.
“Me explicaron que fue por su trayectoria, goles y porque era un jugador correctísimo. Fue un halago muy grande, pero lo tendría que haber disfrutado él. Siempre digo que las distinciones tienen que ser en vida”.

Un señorito
Buffarini con la tricolor en la cancha de Belgrano

De características en extinción. Lento. No corría. De un caminar elegante sobre el césped. Esquivo al juego brusco. Así jugaba Buffarini. Campeón con Alem en 1964 –invicto- y en el 66. Vistió la tricolor durante casi una década. También se calzó la casaca de la selección villamariense. Se alejó del fútbol cerca de los 32 años.
“En ese equipo había jugadores que ponían la pierna fuerte, como el “Pelado” Pereyra o el “Negro” Ampoli. En cambio Pablo era un señorito para jugar. Tenía una elegancia para caminar que trasladaba a la cancha”, cuenta Norma. Pero no se atreve a describirlo como jugador, “es que lo vi jugar poco, Pablo no quería que vaya a la cancha para que no escuchara los insultos”. Sí era ella quien más lo conocía lejos de la línea de cal. “Cuando dejó de jugar, casi no fue más a la cancha. A veces ni podía ver los partidos de Boca porque le daba rabia. El no entendía como alguien no podía jugar bien a la pelota”.
Hombre de pocas palabras. “Era un anti social”, dice Norma. Se expresaba con los pies. Roberto “Chopo” Morales, el 9 en los 2 títulos y con quien también jugó en Rivadavia, fue con el que más conversó en el idioma de la pelota. “Pablito era un jugador cerebral. Tenía la cancha en la cabeza. Solamente corría para ganar una pelota, después la repartía de parado. Tenía una gran personalidad, dentro y fuera de la cancha. Un bohemio del fútbol. Humilde y buena gente como pocos. Jamás discutió con nadie”, recuerda el “Chopo”. Y sigue: “Era un 10 no tan ofensivo. Pero metía goles porque le pegaba como nunca vi en la ciudad. Le daba de puntín a los tiros libres y la ponía donde quería. Jugábamos de memoria porque nos conocíamos mucho. Fue uno de los grandes jugadores que tuvo Alem y pudo haber jugado en cualquier lado, tenía todo lo necesario, pero al pueblerino es difícil llevárselo, está muy arraigado”.
Gustavo Nebreda vive al 1161 de la cortada Pablo Buffarini. Era presidente de Alem cuando la calle fue bautizada  y apenas un mocoso cuando pablo convertía 16 goles en el primer título. “Tenía 10 años e iba a la cancha siempre. Se llenaba pero no solo de hinchas de Alem, lo venían a ver de todos los equipos. Tenía una calidad indiscutida que ya no existe en el fútbol. Al mejor estilo Riquelme o como el “Beto” Alonso, pero corría menos. Una pausa y pegada increíble. Nunca le pegó una patada a nadie”. Al igual que Norma, también lo define como “un señorito”. “Fue un símbolo de Alem”, concluye.

El tipo de la calle

Andrés Iniesta, el crack del Barcelona, construyó su casa en el número 1 de la calle que lleva su nombre desde el 2008 en Fuenteabilla, su ciudad natal en España.
Caso curioso es el del cordobés Sebastián Viberti, quien fue adorado del otro lado del charco, en Málaga, como jugador y técnico. Ascendió al equipo a la Primera División del fútbol español y tiempo después el Ayuntamiento bautizó un pasaje con su apellido.
Un poco más acá, en Avellaneda, al “Bocha” Bochini lo homenajearon con un tramo de la arteria Cordero, lindera con el estadio de Independiente. Algo parecido hicieron en Parque Patricios con Herminio Masantonio, uno de los máximos goleadores del fútbol argentino e ídolo de Huracán.
Aquí, Villa Nueva eternizó a Pablo Buffarini. Un ídolo de las canchas de tierra que quedará siempre en la memoria de aquellos que vieron su lento pero magnifico despliegue. Para los otros, bastará conformarse con las palabras de los nostálgicos. Esos que aguardan ávidos poder decir que lo vieron jugar cuando se les pregunta quién fue el tipo de la calle.
La calle Pablo Buffarini, 100 metros de historia

lunes, 23 de abril de 2012

Básquet, silencio y oportunidades

El pique de la pelota en las baldosas. El rechine de las zapatillas en cada frenada. La melodía del roce con la red. Un básquet silencioso durante años. Un jugador con una mano tremenda y una trayectoria envidiable, que después de muchos años descubrí gracias a las redes sociales. Pablo Arguello tiene 33 años. Empezó a jugar al básquet a los 10, y nunca dejó de practicarlo. Hoy busca oportunidades, como la que el deporte le dio hace muchos años.

Bastaba mirarse e inclinar la cabeza señalando el aro. O dibujar con una mano la mecánica de lanzamiento. El idioma del básquet fue el único mediante el cual hablamos durante años. Habremos jugado cientos de uno contra uno. Pasado horas tirando al aro mientras el otro le alcanzaba la pelota, o compartido la naranja cuando algún plantel entrenaba en la cancha principal y no había pelotas. Pero nunca habíamos hablado. Ni si quiera estoy seguro que se acuerde de mí o me reconozca. Dios no quiso darle el don de poder oír, seguramente porque lo bendijo con muchos otros. Pocos eran más conocidos en el club que él. Seguro porque nadie pasaba más horas ahí. Paso un buen tiempo hasta que supe que se llamaba Pablo. Y más para enterarme que su apellido era Arguello. No era mucho lo que sabía de él, ni tampoco tanto lo que podía averiguar. A veces con algunas señas me contaba que seguía jugando, que lo habían llamado a la selección de Córdoba otra vez. O de vez en cuando caía con una musculosa de la selección Argentina, y también le entendía que había estado en esa selección hacía unos años atrás. Sin exagerar, los esporádicos encuentros se repitieron durante unos 5 o 6 años, en la canchita de atrás. Una vez alejado de la cotidianeidad del club, pasaron un par de años sin saber de él. Hace no mucho tiempo, me encontré a Pablo en la terminal de Córdoba. La historia de siempre: “¿Seguís jugando?” le pregunté despacio para que me lea los labios, mientras lanzaba a un aro imaginario. “Más o menos. Acá en Córdoba, a veces, y allá también”, le entendí. Quizás nunca quiso decirme eso.

Tecnología que aleja

Algunos sociólogos, psicólogos y distintos especialistas, aseguran que el avance de la tecnología aplicada en la comunicación, lejos de acercar a las personas, las alejó. Pienso que en algunos aspectos, la tecnología acercó a las personas lejanas y alejó a las cercanas. Pero, en este caso, y específicamente mediante Facebook, me llevé una satisfacción enorme al respecto no hace mucho tiempo. Imposible describir la sensación que sentí la vez que vi el nombre de Pablo Arguello en la red social. Las imágenes de unos 10 años atrás me inundaron. Solo imaginar que por primera vez iba a poder comunicarme con él sin la pelota de por medio me puso la piel de gallina. La posibilidad de poder saber, realmente, quien fue la persona con la que compartí tantos ratos con el básquet como factor común fue una de las cuentas pendientes que jamás pensé cerrar.

Una trayectoria envidiable 

Veintitrés años ininterrumpidos de básquet. En 1990, su primer equipo fue Unión Eléctrica de Villa Nueva. Jugó en Central Argentino en el 91 y 92 y los dos años posteriores en Unión Central, donde salió campeón. En la 96/97 fue a Sparta, al año siguiente a Ameghino, donde también consiguió un título y finalmente estuvo otra vez en Sparta, desde el 99 al 2003, con un campeonato festejado en 2001. “Nunca tuve problemas para jugar en los clubes, pero a veces costaba que me integraran”, me cuenta por chat. El Circulo Regional de Periodistas Deportivos de Villa María lo distinguió en 1999 y la Asociación de Básquet local en 2002. Pero las mayores distinciones las consiguió en la cancha, al integrar equipos y selecciones significativas. Cada charla por chat me dejaba boquiabierto. Como cuando me contó que desde el 2000 integra la Selección de la Organización Cordobesa de Sordos de forma ininterrumpida, con la que fue campeón Nacional en 2006 del torneo que organiza la Federación Argentina de Básquet Silencioso. O que se coronó en Porto Alegre en un Torneo Internacional en 2007 y que el año pasado ganó el título de Campeón Argentino de la Copa Desafío. Además de las 7 ocasiones en que fue sub campeón Nacional. Si hasta ahí estaba perplejo, todo eso parece poco comparado con los Juegos Olímpicos que disputó en Roma, Italia, en 2001, y los Panamericanos en Buenos Aires, integrando la selección Argentina de Sordos.

                

“Hola Amigo, ¿Cómo estás?”

¿Alguna vez nos detenemos a pensar que algo tan cotidiano como el Facebook puede ser una puerta inmensa para muchos? “Hola Amigo, ¿cómo estás?”, me pregunta por chat. El día a día, el correr cotidiano, hace que no tomemos consciencia de que aquel que tenemos al lado jugando a la pelota puede ser mucho más especial que lo que pensamos. “En mayo tengo un campeonato”, cuenta. Pero, si bien el básquet es su pasión, quiere expresar otras cosas. Hoy, más importantes. Busca integración. Quiere poder trabajar. “Es mi mayor deseo. Mi sordera no me impide hacer cualquier tipo de trabajo, porque los sordos somos mucho más observadores en cualquier tarea”, sostiene. Pablo quiere una oportunidad. Como la que alguna vez le dio el básquet. “El año pasado fuimos con mi mamá a hablar con Nora Bedano o con Escamilla, para conseguir cualquier tipo de trabajo”, expone. Por supuesto, solo obtuvo promesas al respecto. “No entiendo, según dicen, en este país tan amplio hay trabajo para todos. ¿Dónde están las oportunidades?”, se pregunta. Ojalá pudiera darle la respuesta.

domingo, 15 de abril de 2012

Jorge Lépez: De Maradona a las canchas de tierra

Un hombre del ascenso que acarició sueños enormes. Jorge Lépez fue de la Bombonera a las canchas de tierra, de compartir equipos con Batistuta y entrenamientos con Maradona, a comprobar las crueldades del fútbol, para encontrar en Villa María la forma de reunir sus amores.

Una hormiga que no llega ni al metro, con camiseta de Messi y botines amarrillos, llega corriendo, lo saluda con un beso, y se mete en la montonera a perseguir la pelota. La situación se repite más de 30 veces.
Se nota que lo quieren, la pasan bien y que, además, seguro un cachito también lo admiran. Y eso que ninguno sabe realmente quién es Jorge Lépez. A ellos les basta con que les de una pelota, los haga jugar y les enseñe que hacer con ella.
A aquel marcador central que asomó en la primera de Boca en los 90, que compartió equipo con Batistuta y entrenó con Maradona unos 30 días cuando el Diego llegó de Italia después de uno de los dopings positivos, el amor lo trajo a Villa María. Y él, acá, se encargó de juntarlo con el otro, el de siempre. El fútbol.
Tomaba tres colectivos y viajaba durante dos horas y media todos los días. De su casa en Longchamps al entrenamiento. Hacer todas las inferiores en Boca no era como ahora. Hoy seguro viviría en la pensión.
Cumplió el sueño de cualquier pibe. Arrancó de chiquito en el año 84, pasó por todas las categorías, debutó en primera en el 91 y firmó su primer contrato profesional con 21 años. Todo en Boca. “Estaba viviendo un sueño, me tocaron cosas maravillosas en esa etapa”, arranca diciendo Jorge mientras les tira una pelota a los chicos para que vayan pateando a medida que llegan al predio del SUOEM, donde desde hace 6 años tiene una escuelita con su nombre.
“Firmé contrato y el el “Cai” Aimar me hizo debutar en el banco de primera, justo el último partido de Claudio Marangoni. Hacía 3 años que entrenaba con el plantel y alternaba con en reserva. Al partido siguiente Patota Potente, que había agarrado de interino y con quien acababa de salir campeón en reserva me hace debutar en la cancha, contra Platense. Llegó el “Maestro” Tabarez, y me pone dos partidos de Copa Libertadores, contra Oriente Petrolero y Bolivar. En una de esas concentraciones compartí habitación con Batistuta y en uno de los partidos, en el banco estaba Navarro Montoya, el Bati, La Torre, Simón, Soñora y yo”.
Jorge Lépez, con Maradona.
Ese mismo año vivió otro sueño. Maradona volvió a entrenar por un mes en Boca, luego del positivo en un doping en el Nápoli. “En ese momento no caía, tenía apenas 20 años y él era uno más de nosotros. Con el tiempo me daba cuenta del monstruo que tenía al lado. El primer día hubo que suspender el un entrenamiento en los Bosques de Palermo y volvernos a la Bombonera porque la gente se le tiraba encima”.
Sus apariciones en el primer equipo quedaron ahí, pero las ilusiones intactas. No era fácil en aquella época para los pibes. “Tenía muchos defensores adelante mio: Soñora, Simón, Marchesín, Musladini, Rabina, Staffuza. Era muy difícil llegar, a los juveniles no se le daban chances, llegaban 15 refuerzos por campeonatos, nada que ver ahora que con 17 ya los ponen. Pero a nosotros nos largaban en Aeroparque a correr 10 km y jugábamos carreritas, hoy los jóvenes dejan porque no les gusta entrenar. Lo vivíamos con más pasión”.
Volvió a la reserva que, según dice, era otra primera por la calidad de jugadores. “Estaba Rabina, el “negro” Villareal, el “Turco” Apud, el “Turco” Mohamed , Gabriel Amato y hasta Diego La Torre”.
Pero el fútbol a veces es cruel. Y un día se tuvo que marchar. “Cumplí el contrato, me habían dicho que me iban a renovar, incluso no me dejaron ir a Lanús y Platense que me buscaron pero el último día resulta que me dejaron libre”, recuerda. No encontraba equipo. El libro de pases cerrado.No le quedó otra que bajar cuatro categorías en un par de semanas, con tal de seguir en el vicio del fútbol. Pero la situación lo marcó. “Estuve una semana pensando dejar de jugar. Terminé en Germinal de Rawson, en el Torneo del Interior hasta el 92”. De compartir habitación con Batistuta, a las canchas de tierra. O incluso a veces peor. “Recuerdo que tenia de compañero a ´Poroto´Russo, hoy manager de Instituto. El venía de Estudiantes. Fuimos a jugar a Río Gallegos y la cancha era de piedras. Llegamos al vestuario y se hizo el lesionado para no jugar, no soportó la situación. Yo si porque estaba acostumbrado a los potreros, cuando jugaba en la reserva de Boca, terminaba y me iba a jugar el campeonato de barrio”.
No estaba dispuesto a bajar los brazos en pos de volver a primera. Pasó por Independiente Rivadavia de Mendoza en el Argentino A, donde ascendió al B Nacional. Huracán de Las Heras, San Martín de Mendoza, llegó a la primera división de Bolivia con Independiente Petrolero, volvió a Atlético Tucumán en el Argentino A y en el 2003 llegó a Alumni. Nunca llegó a jugar el Argentino B, pero si consiguió algo que aún conserva. “Lo mejor que me tocó vivir fue conocer a mi señora con quien hoy llevo 7 años de casado. Me la llevé cuando jugué en Policial de Catamarca y hasta a La Rioja donde terminé mi carrera en Independiente”. Un final de la peor manera. Con un tendón de aquiles que se cortó dos veces y la invitación de los médicos a priorizar la calidad del resto de su vida por sobre unos años más como jugador.

Con los pibes de la escuelita que lleva su nombre
El próximo 24 de marzo, tras 26 años, se juntan los pibes de su clase 70 de Boca para jugar un picado contra la 69, la de Diego La Torre. “Diego le esquivaba mucho a la parte física, solo entrenaba cuando hacíamos fútbol y le gustaba el tenis, hasta que se dio cuenta del talento que tenía y que el fútbol era lo suyo. Todas las anécdotas y amigos que me quedan, después de tanto tiempo es lo más lindo del fútbol”.
Hoy, con 41 años, dirige en Las Junturas todas las inferiores y tiene unos 40 chicos en su escuelita. Nunca pensó que nuestra ciudad sería su casa, “pensaba vivir en Mendoza cuando me retirara pero conocí a mi señora que es de Villa Nueva y me encontré con un lugar hermoso que me dio la posibilidad de seguir ligado al fútbol pero con una tranquilidad que no tiene precio”, dice sonriente mientras se le acerca otro bajito, apenas espiando algo por detrás del flequillo, y le pide que arme un picadito, profe, porque hoy vinieron casi todos.

sábado, 31 de marzo de 2012

El "Pato" Bomprezzi, un talentoso del cesped y el parqué

Un tipo que en su vida práctico dos deportes casi en forma simultánea durante 36 años seguidos debe tener algo especial. No cualquiera logra que su nombre, cada vez que aparece en una charla de café entre propios o ajenos a cualquier deporte, sea recordado con una sonrisa y con el clásico “decile que te cuente…” haciendo referencia a alguna anécdota.
Fue el mismo tipo que jugara en el mejor conjunto de básquet que tuvo la ciudad y que también ganara varios títulos custodiando el arco de algún equipo del interior de la provincia.
Gustavo Bomprezzi, o simplemente, el “Pato”. Con 50 años mantiene su figura intacta y los recuerdos frescos. Las bromas siguen cayéndose de su boca entre frase y frase, y la chispa de su carácter es la misma de siempre.

Volvió de jugar al fútbol en Estados Unidos y se sumó al inolvidable Unión Central que ascendió en el 86 a la segunda categoría del básquet argentino. Así fue su vida siempre. Entre canchas de tierra y tableros de madera. Jamás alguien le dijo algo sobre practicar otro deporte. “Sabían que más allá de que hubiera jugado un partido antes, si me ponían, yo dejaba la vida. Para mi no existía el dolor”. Incluso de chico, también se animaba a hacer algo de natación. Le gustaba el básquet porque era más familiar, se viajaba más y había más competencia. Era el deporte que más lo apasionaba y al que más tiempo le dedicaba. Sin embargo, con 14 años debutó en la primera de Unión Central con el buzo de arquero.
“Jugaba y entrenaba a las dos cosas juntas todo el tiempo. Cuando terminaba de jugar un partido de fútbol, había un dirigente de básquet esperándome con el auto para llevarme al partido. Me cambiaba en el camino, llegaba y jugaba. Empezaba a correr a las 4 de la tarde y eran las 12 de la noche y seguía en competencia”, recuerda.
Ese año 76, el del debut, llegaron a la ciudad Martín Pando, Rodolfo Rodríguez y Miguel Ángel Díaz a probar jugadores para River. Se lo llevaron al Pato casi un mes a Buenos Aires. “Eran como 5 mil pibes, no tuve la suerte”, dice sobre su primera oportunidad de dar un salto en el fútbol. La segunda fue en 1981, cuando volvió del jugar al básquet en el sur e Instituto lo llevó a prueba. Gustó, y un grupo de dirigentes vino a la ciudad a buscar su pase. “Pidieron plata como si fuera Messi, entonces me tuve que quedar”.
De una cancha a otra, el tiempo que le dedicaba a uno u otro deporte, dependía de las oportunidades que se le iban presentando. “Jugué un año y medio en Unión y arranqué un furor con el básquet porque me convocaron a una selección de Córdoba. No me alejaba de un deporte, seguía haciendo los dos, pero uno con más intensidad”. Con 17 años, partió hacia el sur para su primera experiencia “en serio” en el básquet. “Me llevò Germinal de Rawson. Me volví cuando se armó el quilombo de Malvinas”. De regreso, continuó jugando al básquet en Ameghino -“Perdimos la final contra Unión ese año”, dice-  y mientras buscaba títulos, volvió a calzarse los guantes en Unión Central. Anduvo bien ese año, por eso en “Nene” Miranda le sacó la naranja y se lo llevó a atajar en Alumni.
Al año siguiente, en el 84, ganó su primer título en fútbol, jugando para San Lorenzo de Las Perdices. De ahí, partió a Estados Unidos. “El “Cacho” Fiandino había dirigido allá y le hacía falta un arquero. Era una liga semi profesional de Los Ángeles. Estuve 6 meses y ganamos 3 títulos. Allá corté un poco con el básquet, pero me prendía a cualquier picado en esas canchitas que tienen ellos en las calles. Volví para buscar a mi familia, pero no pudimos salir más del país”.
El "Pato", con la 5, parte del inolvidable Unión Central 

Apenas pisó Villa María, Eduardo Menard le puso una pelota de básquet adelante otra vez. Su debilidad. Unión Central buscaba cosas grandes, y el Pato no podía faltar.
“Corté con el fútbol por un tiempo porque estábamos jugando cosas importantes y porque empecé a ganar buena plata con el básquet”. Unión Central marcó la página más gloriosa del básquetbol villamariense al ascender a la segunda categoría nacional con un equipo de ensueño.
Picante, muy fuerte y goleador. Pasó por San Vicente de Bell Ville y junto a Carlos Mario Menard, por Villa Lanteri de San Juan, siguiendo en competencia en el básquet nacional. Volvió a Ameghino, donde compartió equipo con un flaco llamado Fabricio Oberto. “Perdimos la final contra Unión y me retiro con 29 años. Más adelante, mientras me dedicaba al fútbol, volví a jugar un par de provinciales porque me buscó Sparta y Rivadavia de Cabral, pero yo sabía que el básquet de la ciudad se estaba cayendo y no tenía ganas de irme a otro lado. Le volví a meter al fútbol, que sabía que me iba a dar más plata”.


Con los guantes, en San Lorenzo de Las Perdices
Su talento bajo los postes, su carácter fuerte y su temperamento lo llevaron por un periplo de equipos en pocos años. Acción Juvenil de General Deheza. Otro título con Atlético Ticino. Atenas de Ucacha y Defensores de James Craik. La recordada campaña con Hipólito Yrigoyen de Tío Pujio donde ganó dos títulos de liga, el campeonato provincial y el ascenso al Argentino B. “Nos tuvieron que bajar porque no había más plata, sino no nos paraba nadie”. Pasó por Atlético Pascanas y lo buscaron de Central de Luca porque necesitaban un golpe anímico. “El equipo tenía un punto y me vienen a buscar. Pedí mucha plata y les prometí que si no clasificábamos, quedábamos muy cerca. Perdimos en semifinales por penales. Atajé 3 pero nosotros erramos 4”. En el 2000 volvió a Las Pedices y pasó a Dalmacio Velez después. “En el 2002 dije basta, no daba más no quería seguir jugando. Me fui a jugar al Amistad, engordé un poco por los asados después de los partidos. Me vinieron a buscar como 5 equipos en el 2003. Volví con 42 años, a Colón. Jugué un campeonato y me retiré definitivamente”.

Recuerdos imborrables

Anécdotas son aquellos recuerdos que por alguna razón ocupan un lugar privilegiado en la estantería de la memoria. Y el Pato, tiene a montones. Dicen que era un loquito. “Yo diría que no era vergonzoso ni sumiso, tenía mucho temperamento”, dice.
Trae momentos inalterados al presente, sin poder borrar la sonrisa de su cara al contarlos. “Jugando en Atenas de Ucacha, habíamos salido a de joda la noche anterior porque supuestamente no se jugaba. Se jugó y me atajé todo. Ese partido lo dirigió Vigliano. Cuando terminó, me preguntó cuantos años tenía, porque me quería llevar a Buenos Aires. Le dije que cumplía 20, cuando en realidad iba a cumplir 31. Él se entusiasmó y los líneas se reían porque habían visto mi carné y sabían mi edad. Le dije la verdad y me dijo ´¿Como puede ser que usted no ha llegado? `. Fue bueno saber que todavía estaba en un gran nivel”.
Se las pasaba haciendo bromas. Atarle las zapatillas a los compañeros antes de empezar a jugar era lo más común.
También hubo una vez, jugando un partido de semifinales con San Lorenzo de Las Perdices, en que, en medio del partido, se sentó sobre el travesaño en pleno partido. “Le había apostado un Gancia a Ernesto Mercadal, que era el preparador físico”, se rie.
En el aire, reflejado en un medio gráfico
Hay dos partidos de básquet, en la misma cancha y contra el mismo rival que recuerda por sobre cualquier otro. “En San Juan, contra Villa Lanteri, que después de esos partidos me compró. Uno jugando con Unión Central, ante cerca de 10 mil personas. Ganamos 96 a 90. Son de los que no se olvidan más por el contexto.
Y el otro jugando para San Vicente de Bell Ville. Ganamos un partido increíble. Perdíamos por 70 a 69 a falta de 6 segundos. Agarro la pelota y me hacen falta cuando quedaba solo uno. La gente se metió a la cancha y el partido estuvo parado 15 minutos. Cuando se reanudó, metí los 2 libres y ganamos el partido. Estuvimos 2 horas en el vestuario sin poder salir”.

“Por mi forma de ser, hiperactivo, el básquet me apasionaba más. En el arco me sentía muy contenido. Por eso hablaba mucho, no paraba un segundo. A mi me gustaba que me cagaran a pelotazo, sino me aburría”, cuenta el Pato.
Hoy se la pasa jugando en su querido Unión Central, con los veteranos, los martes y los jueves. Asegura que si quisiera, podría volver a atajar. “Después de una vida haciendo deporte, hoy no me duele nada. Si me pongo bien, podría atajar”. Espera, también, algún llamado para poder volver a dirigir. “Las dos veces que dirigí, como ayudante de Marcelo Santoni, salimos campeón. Ahora tiramos unas carpetas con Oscar Ángel Olivera, pero el ambiente del fútbol es medio ingrato. Igual, no me puedo quejar, me pasé la vida haciendo dos deportes que amo y viviendo de ello”.


miércoles, 11 de enero de 2012

Daniel Sotto: Atleta, dirigente, chofer y periodista... Todo sea por el Atletismo

Fue un destacado atleta de semi fondo que se convirtió en dirigente para intentar entender por qué no podían resolver ciertos temas. Tampoco dudo en hacer de chofer en vastas ocasiones para que las delegaciones no se queden sin viajar a competir, ni titubeó al transformarse en periodista para lograr más difusión. Él es Daniel Sotto, Presidente de la Federación Atlética Cordobesa, y aquí los méritos de quien se ganó ser el Jefe de Equipo de la delegación de atletas en Londres 2012.

Ya tiene el pasaje para los Juegos Olímpicos de Londres 2012 pese a que la última marca la registró en 1990. Es que la Confederación Argentina de Atletismo consideró que Daniel Sotto hizo los méritos necesarios para acompañar, como jefe de equipo, a la delegación de atletas argentinos.

Atleta con traje de dirigente

Daniel Sotto se define como un producto de los intercolegiales. Fue en el Ipem N° 10 de su Pasco natal, donde se dio cuenta que un deporte como el fútbol, en el que los méritos se reparten de manera desigual, no era lo suyo. “No me convencía el sistema de que un defensor se corra todo, evite goles y un delantero, casi sin esfuerzo, toque una pelota y se lleve los laureles. Yo era defensor, por eso me di cuenta que el atletismo era lo mio”, arranca el dirigente de 49 años.
Y no se equivocó. En su primer año como federado, en el ´81 con 18 años, fue campeón provincial en 800 y sub campeón en 1500, y ya empezó a mirar de reojo las tablas de records. Todavía estaba lejos del record provincial del gran Guillermo Evans. “Estaba a 5 segundos, era mucho”, recuerda.
Fue en el 85, “mi mejor año deportivo”, cuando al fin la batió. “Coincidió con la reaparición de un atleta de Córdoba, con quien éramos muy parejos, nos ganábamos por 1 décima. Tanto era la paridad que el 18 de agosto del 85, en un selectivo para un Sudamericano, le bato el record a Evans. Unos meses después, este chico, de Córdoba hace la misma marca que yo. Tuvimos el record compartido durante 9 años”.
Terminó el año 10° en el ranking nacional. Nunca le alcanzó para ir a un Sudamericano, pero asegura que fue la década en que mejores marcas se registraron, “si uno agarra los records, la mayoría son de esa época. Si hubiera nacido 10 años después la cosa hubiera sido distinta”, bromea.
A los 27 corrió por última vez, pero no esperó a dejar las pistas para empezar a trabajar en pos del atletismo.
“Comencé como dirigente en el 86 porque me convocó Rondan, aun en actividad. Esto me permitió visualizar los problemas que uno como deportista decía “¿cómo no van a poder resolver este tema?”. En la piel de dirigente me di cuenta que hay cosas que no son tan simples de solucionar. Y les transmitía al resto de los atletas que había que tener paciencia”.
Empezó como secretario cuando Guillermo Roldan se asumió la presidencia de la Asociación Villamariense de Atletismo (AVA) tras el fallecimiento de Evans. En el 91 pasó a ser vicepresidente. Y llegó al cargo máximo en el 96 por la defunción de Roldan.

Daniel en su época de atleta
 “Cuando yo sea dirigente…”

El crecimiento de Daniel Sotto como dirigente vino de la mano del crecimiento de la actividad en la ciudad. “Con Ariel Valdemarin le dimos mucha importancia a los Gran Prix, que son torneos de orden interno, lo que en poco tiempo nos permitió tener una buena base de atletas jóvenes. Así, desde el 98, empezamos a ganar potencial atlético en la provincia a punto tal que como AVA ganábamos todos los provinciales y en todas las categorías, igual que sigue sucediendo ahora”.
El gran poder deportivo de la entidad villamariense engrosó el peso político dentro de la Federación Atlética Cordobesa (FAC). “Por pensar distinto y expresar nuestras ideas, desafiliaron a la AVA de la Federación. Los obligaron a reincorporarnos y desde ese momento nos presentamos como una alternativa para estar al frente de la FAC”. En 2007 ganó las elecciones y aun hoy es el presidente de la Federación Cordobesa.
Sabía de ante mano que había cosas que sufrió como atleta que no iba a permitir que sucedan cuando se convirtiera en dirigente. Una de ellas, era hacerse cargo del costo de los viajes para competir. “Cuando competía nos teníamos que pagar todo y había chicos que no viajaban por no tener plata. Por eso la primera medida de nuestra gestión era que los deportistas no pagaran el transporte, por suerte pudimos cubrir esa necesidad en todos estos años y lo seguimos haciendo. Muchas veces me ha tocado manejar el micro que alquilábamos para que puedan ir a competir”.
Otra iniciativa importante fue realizar las gestiones necesarias para tener una pista sintética. “Demostramos que el potencial atlético de la provincia estaba en Villa María, y la secretaría de Deportes de la Nación nos dio el dinero necesario para tener la pista este año”. También logró que el ENARD mandara el dinero para la pista que la Agencia Córdoba Deportes construyó en el Mario Alberto Kempes.
El constante pedido a la Confederación Argentina de Atletismo (CADA) para organizar campeonatos de alta jerarquía nacional, derivó en un importante crecimiento deportivo. “Tomamos la provincia en el 6to lugar del potencial atlético nacional y ahora estamos 4to peleando el tercer lugar con Santa Fe y Metropolitana”.

 Un vicepresidente-periodista a Londres

Cuando un hombre como Daniel trabaja en pos del crecimiento del deporte, lo que menos le importa es que nadie más que sus deportistas vean los frutos de su esfuerzo. De todas formas, desde la CADA nada de su trabajo pasó inadvertido, y en 2009 lo eligieron como vicepresidente de la entidad madre del atletismo en el país.
Trabajando por la difusión del atletismo
Desde que asumió como presidente de la FAC que no falta a un campeonato acompañando a sus delegaciones. “Uno trabaja por el atletismo sin pensar que esas cosas se notan. Tal vez otras federaciones no toman como obligación acompañar a su delegación, pero para mí es importante darle mi apoyo a los atletas”, reflexiona Daniel. 
Por eso no tendría que sorprender que la CADA lo haya premiado para que acompañe como Jefe de Equipo a la delegación de Argentina de Atletismo en los Juegos Olímpicos de Londres. “Creo que es un reconocimiento al trabajo que uno viene realizando todos estos años en pos del crecimiento de la actividad”, dice con aires de calma que sorprenden.
Por si algo le faltaba hacer, cansado de recorrer páginas de diarios, y de pasearse en el dial de la radio sin hallar lo que buscaba, se calzó el traje de periodista y es el mismo quien difunde la actividad. Desde el 2010 conduce “Puerta D”, un programa íntegramente sobre deporte amateur que se emite de lunes a viernes de 19 a 20 por la radio de la UNVM. “Me dijeron que de acuerdo al estatuto del periodista, una persona que ejerce durante 2 años ya es considerado como periodista, así que supongo que estoy cerca”. Así es Daniel Sotto… Dirigente, chofer, periodista. Todo sea por el atletismo.

sábado, 24 de diciembre de 2011

Mauro Rosales: Entre el ayer, el hoy y lo que vendrá

Mauro Rosales está en la ciudad. Como cada vez que el fútbol le da un tiempo libre. Uno de los mejores jugadores que dio Villa María se escapó de Seattle para pasar las fiestas en familia. Una charla del pasado, el presente y el futuro, River, Bielsa, Alumni…

Mauro Rosales está viviendo un gran presente en el Seattle Sounders de la Mayor League Soccer de Estados Unidos. El ex Alumni se ganó el galardón de “mejor contratación” del año, terminó solo detrás de David Beckham entre los mayores asistidores, y aún le restan dos años más de contrato.
Desde hace unos días descansa en Villa María, lugar al que siempre quiere volver.

Si tuvieras que elegir una etapa en tu vida, ¿con cuál te quedás?

No podría elegir una. En todas disfruté y aprendí. Por ejemplo, el baby en el Santo porque me llenó de amigos y hasta salí campeón. Estados Unidos y Europa porque culturalmente me ayudaron muchísimo. Todas tienen cosas muy buenas.

¿Qué recordás de Newell´s?

Qué llegué soñando ser profesional. Fui a probarme junto a otros 20 chicos y quedamos unos 10, pero de a poco todos se fueron volviendo.
Me daba mucha fuerza ver que muchos se quedaban en el camino porque sabía que podía pasarme lo mismo, entonces trabajaba el doble. Muchas veces pensé en volverme por extrañar.
Al principio estábamos los 10 cordobeses en una habitación, se empezaron a ir y quedé prácticamente solo. Y eso que había chicos de Alumni que habían ido mucho mejor que yo, pero que tal vez pusieron otras prioridades. Yo creo que tuve motivaciones fundamentales: Salir campeón en inferiores, a los 17 estar en la selección, a los 18 debutar en primera, a los 20 salir campeón, a los 23 otra vez. Los resultados ayudan mucho.

¿Perdiste muchas cosas por darle prioridad al fútbol?

Me perdí de todo, pero puse al fútbol por delante de todo y no paré hasta conseguir lo que quería. En mi adolescencia volvía a casa cada un mes y medio, no sé cuantos aguantan estar encerrado en una pensión con 17 años.
El crecimiento de mi sobrino, cumpleaños de mis viejos, salir con mis amigos, todo me lo perdí por completo. Mientras estaba encerrado en una casa, solo, para jugar al día siguiente. Pero mi mentalidad era muy fuerte, y sabía que más adelante iba a recuperar eso que me perdí.
Incluso, también ya me hubiera gustado haber formado mi propia familia, pero no es fácil encontrar quien deje de lado su vida personal y te siga a todos lados. También voy a tener tiempo para eso.

¿Cómo fue tenerlo a Marcelo Bielsa de técnico?

Fue el mejor entrenador que tuve en mi carrera y el que más me ayudó a crecer. Su jerarquía a nivel mundial me preparó para lo que viví después en Holanda.
Es un tipo detallista, que no se conforma con nada. Hace los entrenamientos tan importantes como un partido. Por suerte entendí mucho su filosofía y su manera de ver el fútbol.
Muchos jugadores nos hemos vuelto locos alguna vez por sus gritos o exigencias, pero te da todos los fundamentos para cada cosa que te exige y no hay entrenadores que hagan eso. Bielsa te terminaba convenciendo.

¿Estabas preparado cuando diste el salto a Europa?

Mirando atrás es cuando más fuerza juntas para los desafíos que tenés en frente y yo sentía que estaba preparado por lo que había vivido en Newell´s y en la selección. Ser sparring durante 2 años de la mayor y entrenar contra Batistuta, Crespo, Sorín, me mostró hacía donde tenía que apuntar para llegar al nivel europeo.

Económicamente también fue muy importante para vos.

Siempre en ese sentido ayuda muchísimo, pero el jugador no piensa tanto en lo que va a ganar sino en lo que se va a enfrentar. Tenés que focalizarte en jugar y seguir creciendo para que los buenos contratos no se corten, para el día de mañana poder tener un buen bienestar para tu familia. Para mi es lo más importante, poder ayudarlos no tiene precio. Mi familia trabajó toda su vida, y que yo pueda ayudarlos es una satisfacción enorme.

Al volver, ¿Por qué River?

Aparte de Newell´s, era el club en argentina en donde tenía ganas de jugar. Mi deseo era poder volver a Argentina y salir campeón con River, y lo conseguí.

¿Fueron 3 años malos?

No, hubo de todo. Se dio que tuve la posibilidad de jugar y luego que no. Nos tocó salir campeón, y también nos fue mal. Pero es parte de lo que podía pasar, porque cuando salimos campeones se fueron como 5 o 6 jugadores y no se contrató más, había que arreglarse con lo que se tenía y realmente se necesitaba un plantel más largo. Uno se siente parte del descenso, pero no total responsable porque el último año y medio no estuve en el club.

¿Imaginabas que podía llegar el descenso?

Nunca pensé que podía pasar.

Siempre volvés a Villa María, ¿tu futuro está acá?

No lo pienso ahora, pero si estoy seguro que va a ser cerca de mi familia. También sé que después del fútbol tengo el deseo de compartir mis experiencias con los más chicos.

¿Volviste a tu nivel en Estados Unidos?

Nunca desconfié de lo que puedo dar como jugador de fútbol. Gracias a dios tuve un excelente año donde me tocó tener muchos buenos partidos, salir campeón, clasificar a copas. El jugador si tiene los compañeros alrededor con las mismas ganas, puede triunfar en cualquier lado. Pero si no tenés lo que necesitas, las cosas no salen bien.



¿Querés una revancha en el fútbol argentino?

No tengo que demostrarle nada a nadie en el fútbol argentino, ni darle revancha a nadie. Acá hice lo que tenía que hacer y me fue excelente cuando me dieron la posibilidad y confiaron en mí. Tuve buenos y malos torneos, el fútbol es así. Pero estuve en la selección juvenil, en la mayor, jugué la Copa América, salí Campeón Olímpico, fui campeón en Argentina y jugué en un equipo importante de Europa. ¿Qué tengo que demostrar? El fútbol ya me dio más de lo que había soñado que podía lograr.

¿Volverías a jugar en Alumni para cerrar tu carrera?

Todo es posible.

sábado, 3 de diciembre de 2011

Antonio Hubelli y su carrera eterna

Antonio Hubeli, el “Vasco”, es una de las personas que más hizo por el atletismo en la ciudad. Con medio siglo corriendo y tres décadas enseñando, es una injusticia que hoy el destino intente frenarlo. Ahora camina el “Vasco”, pero lejos está de detenerse.  

Jueves 5 de febrero de 1987, “El Diario” publicaba una nota titulada “Atleta, Profesor y amigo”. El final del reportaje reza: El “Vasco” sigue inalterable por el camino que hace 25 años abrazó con pasión. Antonio Hubeli, el profesor, es un atleta más.
Veinticuatro años y nueve meses más tarde, esta nota podría terminar casi de la misma forma.
Es que Antonio Hubeli, el “Vasco” para todos, habla hoy a los 68 años, con la misma pasión, el espíritu intacto y la amabilidad eterna que se pueden apreciar en aquel pedazo de papel amarillento.
Poco parece importarle que los doctores ya no lo dejen correr más. Ni trotar si quiera. En realidad le importa, le duele, y mucho, pero decidió seguir sonriendo.
Hoy son algo más de 50 años transitando el camino que abrazó con pasión, el atletismo. Y unos 30, transmitiendo lo que sabe.

Ese atleta que hay en ti

Hubeli se enamoró del atletismo en Buenos Aires, y le juró amor eterno en Villa María.
Santafesino de nacimiento, porteño por obligación, villamariense por elección, a los 17 años se inició en la Unión Deportiva Argentina, club de Buenos Aires exclusivo de la disciplina. Especialista en los 800 y 1500 metros, tras 2 años allí, pasó a representar a San Lorenzo de Almagro, siguiendo a su entrenador Gilberto Moire. Con 19 años, también hacía sus primeras armas enseñando. “Mi entrenador me dejaba hacerles la entrada en calor a los chicos nuevos, era algo que me gustaba mucho”. Después de 3 años en Boedo, y a 5 de haber empezado a cosechar títulos Argentinos y records, como el de la Milla de Parque Avellaneda, decidió que era tiempo de marcharse.
“No me gustaba mucho Buenos Aires. Tenía a mis tíos en un campo cerca de Villa María y elegí cambiar mi forma de vida”, arranca.
Se fue, pero dejando una marca. “Hubeli: Figura del Atletismo. Tiene 22 años y es el mejor atleta de San Lorenzo(…)” dice la crónica de un diario porteño con una foto de Antonio sentado en el césped del viejo Gasómetro.

El "Vasco" con el Viejo Gasómetro de escenario 
Villa María y volver a correr

El Vasco llegó a la ciudad con 22 años. Se había alejado del atletismo y estaba instalado en el campo, trabajando. Igual, nunca había dejado de correr. “Siempre salía a trotar por el campo porque lo disfrutaba”. El tiempo había pasado, pero un día, el destino quiso probarlo y él cayó en la tentación. “De casualidad estaba escuchando la radio y dijeron que se iba a correr una maratón en Villa María. Enseguida le consulté a mi señora si no quería que le ganara un trofeo”.
Se entrenó 15 días y llevó el trofeo a su esposa. Al poco tiempo, uno de los últimos ejemplares del diario Noticias de 1974 titulaba: “Ya dejó el anonimato”. Revelando que no solo había retomado el atletismo, sino que consiguiendo importantes resultados en unos pocos meses.
“Después de unos 5 años sin hacer nada, me dediqué a las maratones y al poco tiempo me vine a vivir definitivamente a Villa María”.
Su amistad con Guillermo Roldan, a quien había enfrentado en varias ocasiones en Buenos Aires, le permitieron conseguir trabajo rápidamente. “Trabajaba para la Municipalidad, tenía a cargo la Plaza Ocampo”.
Hubeli no solo había vuelto a competir, sino que al tiempo se sumó al trabajo que venía realizando el enorme Guillermo Evans y se encargó de los pibes que hacían fondo.
Cuando Evans se marcha a tierras divinas, el Vasco, por pedido de la Asociación Villamariense de Atletismo, deja el cuidado de la “Placita” y toma su lugar como encargado del “Poli”, del Salón de los Deportes, y de todo el Atletismo.

El Poli, su casa

Sus días enteros los pasaba en el Poli. De las 6 a las 14, como encargado. Y desde las 16 a las 22, enseñando. Se entrenaba también.
Formó a grandes atletas de la ciudad: “Raul Suppo, Daniel Sotto, Cecilia Guerra, Norma Martínez, Claudio Arcas. Fueron muy buenos. Sotto bajó el record que tenía Evans hacía 40 años. Arcas fue campeón Argentino y Sudamericano. Tenía una posta de 4 x 400 y 4 x 100 de nivel nacional, nos invitaban a todos lados”, recuerda orgulloso.
Como buen maestro, disfrutaba más de los logros ajenos que los propios. “El entrenador es así, se los acompaña muchos años. Los entrenamientos, las charlas sentados en el pasto, pararme a un costado con el cronómetro en mano, son recuerdos hermosos”.
Pero nunca detuvo su trote. “No deje de competir, pero no me gustaba eso de la categoría “veteranos”, lo hacía solo por placer, no por la competencia. Mi rendimiento fuerte fue hasta los ´90”, rememora.
El tiempo hizo lo suyo y de a poco, Antonio se fue despidiendo de las cosas que amaba. “Hace 9 años que me jubilé como encargado del Poli. Lo disfrutaba tanto que anduve triste un tiempo por no tener que hacerlo más, lo sentía propio, sufría no ir. Fueron 25 años cuidándolo”.
Lejos de ser egoísta, también llegó el momento en que sintió que debía correrse unos metros y dejar la pista para mirar los entrenamientos desde una pequeña tribuna, cuando sus pupilos empezaron a recibirse de profesores de educación física. “Seguí yendo hasta hace poco, si se acercaban a pedirme ayuda, se las daba, pero ya no tengo alumnos propios hace 2 años”.

Un capricho del destino

Lo último que hizo fue detener la marcha. Hace 2 meses. Dejar de correr no fue su decisión. Si incluso hasta una semana antes de esos malditos estudios, había corrido una maratón de 10 kilómetros.
Los controles de todos los años, esta vez lo traicionaron. “No salieron bien. Me hicieron un cateterismo y tenía algunas arterias lastimadas. Ahora estoy bajo tratamiento y con un Sten”.
Del ´74 que no frenaba su trote. Día por medio hacía 10 km corriendo y 6 en bici. Solo por placer. “Fue un golpe muy duro, Delamallore, mi médico de toda la vida, me prohibió la actividad. Hace unos días me dieron permiso para ir caminando al poli o a hacer los mandados”, dice de buen humor, sonrojado, como si caminar para ir a comprar el pan pudieran saciar el hambre que correr le satisface hace más de 50 años. “Es un consuelo. Me dijeron que más adelante tal vez me dejan trotar, pero creo que es mentira, que lo dijeron para que me quede tranquilo nomás”.
Antonio decidió tomarse la vida con una sonrisa. Después de tantos años, no duda en asegurar que la satisfacción más grande que tuvo fue poder haber salido a trotar un tiempito con sus nietos.
Si los médicos no le mintieron, va a volver a correr cuando lo dejen. “Porque amo hacerlo”.
Mientras espera, los recortes de viejos diarios van a seguir destiñendo y se va a seguir calzando las zapatillas y la musculosa aunque sea para ir al almacén. Caminando. Pero recordando aquellas imágenes de quien no se va a detener nunca.

lunes, 28 de noviembre de 2011

El Gusto de Correr

Nunca es tarde para empezar a hacer un deporte. La edad es el muro que se ponen aquellos que no tienen la fuerza de voluntad para hacer mover sus músculos.
José Luís Táppero lo sabe bien. Tiene 46 años y ha cruzado la meta en más de una decena de maratones. No parece un gran número, pero cobra valía si se tiene en cuenta que hace menos de 10 años fue cuando decidió hacerse atleta.

Hurga en sus recuerdos y sentimientos y de todas formas le cuesta encontrar las palabras para explicar cómo fue que sucedió.
“Por casualidad”, dice primero. “Me despertó curiosidad”. Escarba más hondo y suelta: “Se tuvo que dar, como se me podía haber despertado por ir a pescar. No sé porque ocurrió”.
La cuestión es que en el 2003 iba a ir a ver a un amigo que corría una maratón de 30 km que unía La Falda – Capilla del Monte. Ese amigo se lesionó, pero José fue de todas maneras.
Siguió los detalles de la carrera desde su auto y no podía dejar de plantearse “¿cómo puede ser que esta gente corra esto?”.
Durante el viaje de vuelta a casa, miró a su señora y tiró: “El año que viene la vengo a correr”. Así de simple.
“De a poco empecé a salir a correr por el pueblo. Pesaba cerca de 100 kilos, así que hacía 500 metros y no daba más”, cuenta José, oriundo de Carrilobo y que vive en Villa María hace 4 años.
“Fui alargando con el tiempo. Había armado un circuito por un campo que era de 5,5 km y que nunca podía terminar. Un día me agarró una tormenta y le di derecho sin parar. Cuando me descuidé, lo había terminado y ahí me di cuenta que podía correr un poco más”.

Correr de verdad

Y era cierto, nomás. Un año después, tal como se lo había prometido, volvió y corrió los 30 kilómetros de La Falda-Capilla del Monte. “Terminamos llorando con mi hermano porque había sido algo realmente muy difícil”.
Cumplió, pero no se quedó ahí. Le empezó a sentir un gusto particular y por eso no tardó mucho en plantearse el siguiente objetivo. “¿Por qué no correr la maratón de 42 km en Buenos Aires al año siguiente?”.
A esa altura ya no corría solo por el pueblo,un par de amigos también se largaron atrás de él.
Así fue como en el 2005, con más de 40 años, corrió su primera Maratón (Oficialmente una maratón es de 42 km). “Terminar una competencia de 42 km para quien nunca lo había hecho fue todo un logro. El viaje fue hermoso, llegamos los 4 de Carrilobo que fuimos”.
Desde ese día, José no se perdió ni una edición de la Maratón de Buenos Aires. Tiene siete.
El 29 de Octubre de 1986 estuvo en cancha de River viendo como su equipo salía campeón frente de américa de Cali de la Copa Libertadores. El mismo día, del 2006, su segunda maratón terminó justamente dentro del mismo estadio. Conmemorando lo que fueron los 20 años de la conquista.
También corrió 2 veces en Rosario, en 2009 y 2010. Completó La Falda- Capilla del Monte en su única edición de 42 km, y este año se dio el lujo de cruzar la frontera para correr la maratón de Santiago de Chile, con más de 20 mil participantes de todo el mundo, totalizando 11 maratones completas.
Además suma una buena cantidad de medias maratones (de 21 km) y otras competencias cortas corridas por la zona.


Números

Se programa 2 carreras de 42 km para correr en el año. Prepararse para cada una implica entrenar 6 días por semana durante 14 semanas. “Son 28 semanas de entrenamiento a full en el año, corriendo 70 kilómetros en 6 días. Puede ser muy frustrante porque uno entrena todo eso, y 2 días antes te enfermás no podés correr”. Cuando no tiene una carrera en el horizonte, corre igual. El cuerpo se lo pide. “Me siento mal cuando no corro por 2 o 3 días. Mi organismo me lo pide, me empieza a acusar cosas”.
Los números son lo de menos. José no corre por las marcas. Sin embargo, tanto esfuerzo ha dado frutos.
Su primera maratón la completó en 4 hs 20 minutos. A medida que pasaron las carreras el tiempo fue disminuyendo, y este año en la de Buenos Aires se dio el gusto de marcar 3 horas y 28 minutos, el menor registro desde que corre. “En mi categoría (de 45 a 49 años) salí en el puesto 89 de 730. Y de 5572 que terminaron la carrera, quedé 720”.

Contra el físico y la mente

Sobrellevar el desgaste físico durante una maratón es algo que aprendió con el tiempo. Leyendo, buscando en internet, y preguntando. A punto tal que recién la primera carrera que completó sin detenerse fue la de Buenos Aires este año.
“Generalmente uno se va deteniendo en los puestos de aguay empieza a caminar. El problema es que arrancar otra vez cuesta el doble porque los músculos se relajan, por eso es importante después de unos 25 kilómetros hacer una mirada interior del cuerpo para ver como está, y así automotivarse a continuar”, explica José, quien corre la totalidad de la carrera con una botella de agua en la mano. “No puedo sentir la abstinencia de agua”, se ríe.
Además, marca que hay algo determinante durante la monotonía de los pasos del trote: El agotamiento mental. “Lo psicológico es determinante. Ves que gente se acalambra y queda al costado del camino y empezás a pensar que te va a pasar lo mismo. Hay momentos que tu mente te quiere frenar más allá de que tus piernas estén bien. Vas como adormecido y necesitas un cachetazo para despertarte”.

 Para José es un hobbie. Corre por el placer que le significa cruzar una meta. “El sentido de superación física y mental que da cada carrera es inexplicable. Cuando tomó dimensión de lo que estoy corriendo y a la edad que lo hago, para mí es muy motivador.”
Disfruta la carrera en su plenitud. Cada paso, cada experiencia. “No hay dos carreras iguales. Cruzás gente que va sacando fotos, otro que corre con el perro o un ciego que tendrá unos 60 años y termina. Esto hay que hacerlo para gozarlo. Para sufrir está el trabajo. Si lo sintiera como algo sacrificado no lo haría”.